
Análisis de la obra Déjà Vu. Con Déjà vu, el teatro se adentra en una zona donde lo íntimo deja de ser un mero espacio psicológico para convertirse en un territorio de resonancias simbólicas. El punto de partida parece realista aunque profundamente inusual: un hombre y una mujer que aparentemente no se conocen se encuentran en un hotel la víspera de su suicidio asistido respectivo y comienzan una forma de coqueteo. Pero ya en la segunda escena, estos dos personajes —y los espectadores con ellos— son proyectados hacia un universo paralelo claramente distópico. En Déjà vu, lo que ocurre parece haber ocurrido antes, lo que se dice parece haber sido dicho en otro lugar, y los gestos mismos parecen tomados de una escena anterior. Esta superposición de lo familiar y lo inquietante es característica de la retórica propia de la comedia simbolista intimista, donde lo cotidiano sirve de materia para una interrogación metafísica sobre la identidad, el tiempo, el espacio y la memoria.
1 – Análisis semiótico de la obra Déjà vu
El enunciado descansa sobre un paradoja: los personajes intentan esclarecer lo que viven, pero cada intento los devuelve a la sensación de haber atravesado ya esa experiencia. La intriga no avanza mediante giros o revelaciones, sino a través de retornos, deslizamientos y repeticiones. No se trata de una investigación policial, sino de una búsqueda existencial: la pieza explora cómo nuestras relaciones más íntimas se construyen sobre esquemas tan ligados al inconsciente colectivo que parecen haber sido experimentados previamente.
El humor nace de esta repetición ligeramente desajustada y de la confusión entre el presente y el recuerdo, aquello que llamamos precisamente la sensación de déjà vu. La risa surge al tomar conciencia de que la experiencia íntima nunca es completamente nueva y que reproduce hasta el infinito lo que cree inventar por primera vez.
La enunciación intensifica este efecto de mise en abyme. Los diálogos, a menudo simples y depurados, funcionan como ecos: una frase responde a otra que parecía anticiparla; una emoción aparece antes de ser justificada; una imagen vuelve como un estribillo discreto. La escena se convierte en un espacio de resonancias más que de acciones, un lugar donde la profundidad simbólica se teje a partir de voces y silencios. Nada es espectacular: la escritura privilegia la sutileza, la sugerencia, la vibración antes que la demostración. El decorado contribuye también a esta atmósfera de desdoblamiento: un espacio familiar, pero ligeramente desplazado por su carácter excesivamente convencional, como si ese real fantasmático fuera también el reflejo de sí mismo.
La connotación conduce la pieza hacia un cuestionamiento universal:
¿Qué hacemos con nuestro pasado?
¿Cómo se reinventan —o se repiten— las relaciones íntimas, incluso a pesar nuestro?
Déjà vu aborda con humor la dificultad de ser uno mismo en un mundo que creemos reconocer, la tentación de encerrarse en los propios relatos o, por el contrario, el deseo de escapar de ellos. La risa se vuelve aquí casi metafísica y melancólica: interroga nuestra incapacidad para distinguir lo verdaderamente singular del instante presente de lo que no es más que el eco levemente deformado de un eterno retorno.
Déjà vu encarna plenamente la comedia simbolista intimista: un teatro donde la aparente sencillez de las situaciones oculta una reflexión metafísica sobre el sentido de la existencia y sobre la propia noción de identidad, y donde lo cómico sirve para desactivar —sin negarla— la dimensión trágica de esta búsqueda imposible de sentido.
2 – Análisis dramatúrgico
Déjà vu se estructura en un desplazamiento dramatúrgico en dos tiempos: un primer cuadro concebido como un huis clos amortiguado, casi mundano, donde los personajes parecen flotar entre lucidez y amnesia; y un segundo cuadro que introduce una ruptura radical, haciendo bascular el realismo hacia una dimensión fantástica y distópica. Este paso del hotel al apartamento marca el tránsito de una incertidumbre psicológica a una perturbación ontológica: los protagonistas ya no dudan solo de su memoria, sino de su propia existencia.
La pieza se inscribe en una tradición de comedia metafísica donde la ligereza aparente encubre una inquietud profunda: la posibilidad de que nuestra identidad sea intercambiable, reproducible o, peor aún, reemplazable. Al multiplicar los dobles, Martinez convierte el espacio escénico en un laboratorio donde se experimentan variaciones del yo, de la pareja y de la continuidad de lo real.
Caracterización de los personajes
En el primer cuadro, la situación parece verosímil: un flirteo entre un hombre y una mujer. Pero su identidad vacila: se reconocen sin reconocerse, como si repitieran una escena ya vivida. Sus intercambios dibujan personalidades incompletas, marcadas por el olvido.
En el segundo cuadro, encarnan los dobles de una pareja banal y se convierten en una amenaza tanto física como simbólica. Copia fiel pero a veces más segura, más ágil o incluso más “ajustada”, cada doble constituye una versión alternativa del original, revelando sus fragilidades.
Así, el sistema de personajes funciona como un juego de espejos, donde cada figura devuelve a la otra su propio vértigo identitario.
Alcance de la obra
Déjà vu cuestiona nuestra relación contemporánea con la identidad en un mundo donde la duplicación, la simulación y la autorreferencia se han convertido en normas: redes sociales, avatares digitales, versiones optimizadas de uno mismo. Al materializar el doble, la obra da forma al malestar profundo de una época obsesionada con la mejora permanente y la reproducción infinita.
Interroga también la pareja como espacio frágil, donde la imagen que el otro tiene de nosotros condiciona nuestra propia percepción.
¿Qué queda del vínculo si una copia “mejorada” puede ocupar nuestro lugar?
La pieza plantea además una cuestión metafísica esencial:
¿La existencia es única o replicable?
¿El “yo” es una construcción estable o una ilusión frágil capaz de dividirse y perderse?
Al mezclar humor y vértigo, Déjà vu ofrece una comedia sutil sobre la disolución del sujeto y sobre los límites de lo real.
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