Personajes
- Ben
- Dom
- Max
Escena 1
Tres personajes de sexo indiferente (en esta versión, tres hombres) están de pie frente al público, en un escenario vacío, bajo una luz irreal. Los llamaremos Max, Dom y Ben. Dom, en el centro, tiene las manos y los pies atados. Los tres personajes miran fijamente hacia el fondo de la sala, como si contemplaran el horizonte.
Max — ¿Veis algo?
Dom — No.
Ben — No se ve absolutamente nada.
Dom — Bueno, sí… se ve el horizonte.
Max — Sí. Pero detrás del horizonte…
Dom — Detrás del horizonte no se ve nada. Es la definición del horizonte, ¿no?
Ben — Todo lo que está más allá del horizonte no se ve. Así es.
Max — Es por la curvatura de la Tierra.
Ben — Es la prueba de que la Tierra es redonda, y no plana.
Dom — ¿Quién ha dicho que la Tierra era plana?
Ben — No lo sé…
Max — Se dicen tantas tonterías.
Ben — Y siempre hay algún idiota que se las cree.
Dom — Y entre ellos, un idiota un poco menos idiota que los demás, que convierte esas tonterías en religión y se autoproclama rey de los idiotas, por derecho divino.
Ben — No sé si la inteligencia artificial tiene límites, pero la estupidez natural no tiene ninguno.
Max — Sí… Si la estupidez produjera electricidad, hace tiempo que habríamos acabado con las energías fósiles.
Ben — Habríamos resuelto el problema del cambio climático, y no estaríamos donde estamos…
Silencio.
Ben — Pero si la Tierra fuera realmente plana, ¿veríamos hasta el infinito?
Max — En teoría, sí. Con buen tiempo…
Dom — Con buen tiempo… Hay países donde ya no se ve el sol, oculto tras el humo de las fábricas.
Max — En cualquier caso, solo veríamos los objetos cuya luz pueda llegarnos.
Silencio.
Dom — Vale. Pero la Tierra es redonda, ¿de acuerdo?
Ben — Sí. Por lo que se sabe…
Dom — Entonces no vemos lo que está más allá del horizonte.
Max — Y los que están al otro lado tampoco nos ven…
Dom — Lo que hay detrás del horizonte no nos concierne.
Silencio.
Ben — Y si cruzamos el horizonte… ¿acabamos pasando al otro lado?
Dom — Pues no…
Ben — ¿Cómo que no?
Max — Porque el horizonte se aleja a medida que nos acercamos.
Ben — Ah, claro…
Dom — Y lo mismo ocurre con los que están enfrente.
Max — Sí. Bueno, supongo… Nunca he ido a ver qué había al otro lado del horizonte. Al menos, no que yo recuerde…
Ben — El otro lado del horizonte… Es como el más allá. No conozco a nadie que haya vuelto para contarnos si realmente es mejor.
Dom — O siquiera si realmente hay algo al otro lado.
Max — El horizonte, en sí, no existe. Es un efecto óptico. Es la frontera móvil entre lo visible y lo invisible.
Ben — Entonces el horizonte se mueve con nosotros.
Max — Como el haz de los faros de un coche. Siempre se ve a unos cien metros, pero si el coche avanza, nunca se ve lo mismo.
Dom — Ya… Pero nosotros estamos clavados aquí, así que nuestro horizonte no va a cambiar mucho.
Silencio.
Ben — ¿Y a qué distancia está el horizonte?
Max — Depende…
Ben — ¿De qué depende?
Max — Primero, del tamaño del observador. Y sobre todo, de la altura del punto de observación. Para un niño que mira al mar desde la playa, el horizonte está a unos cuatro kilómetros. Para un adulto en la cima del Himalaya… o para los pasajeros de un avión que vuela a diez mil metros de altura, podría estar a unos cuatrocientos kilómetros.
Silencio.
Dom — Entonces, los que estuvieran al otro lado del horizonte, en las mismas condiciones de observación, ¿verían el mismo horizonte que nosotros?
Max — Sí. Nosotros seríamos su horizonte, y ellos serían el nuestro.
Ben — Entonces siempre somos el horizonte de alguien.
Dom — Si es que hay alguien mirando en nuestra dirección, claro…
Silencio.
Max — Vale. Nosotros estamos aquí, del mismo lado del horizonte, pero…
Ben — ¿Qué hacemos aquí…?
Dom — No me atrevía a preguntároslo…
Ben — No lo sé. ¿Y vosotros?
Dom — Yo tampoco.
Max — No me acuerdo.
Ben — ¿Lo supimos alguna vez y lo olvidamos, o…?
Dom — ¿O nunca lo supimos?
Ben — Quién sabe…
Dom — A veces tengo la sensación de recordar vagamente algo…
Max — Sí, yo también.
Ben — Como cuando uno se despierta e intenta recordar el sueño que estaba teniendo.
Dom — Da la impresión de seguir soñando.
Ben — Solo que ya no se sabe con qué.
Max — La sensación de seguir consciente en una realidad que acaba de desvanecerse y de la que no guardamos ningún recuerdo.
Ben — Eso es. Lo hemos olvidado todo… salvo el hecho de haber olvidado algo.
Dom — El contrario de la sensación de déjà vu, en resumen.
Max — ¿Ah, sí?
Dom — El déjà vu está ante nuestros ojos. Solo nos preguntamos si no será un recuerdo. Cuando uno olvida un sueño, es al revés. Sabemos que hay algo que querríamos recordar, pero no sabemos qué.
Max — Sí… Es exactamente lo que siento.
Silencio.
Dom — A veces tengo como un destello…
Ben — ¿Un destello?
Dom — Estaba en un avión, creo.
Max — ¿Un avión, estás seguro?
Dom — O en un barco, ya no lo sé.
Ben — No es lo mismo.
Max — Pero ambos son transportes públicos.
Ben — ¿Un barco? No exactamente transporte público, ¿no?
Max — Quizá era un ferry…
Dom — No sé por qué, recuerdo que llevaba un cinturón de seguridad.
Ben — En un barco no se lleva cinturón de seguridad…
Dom — Quizá era un tren.
Max — ¿En un tren se lleva cinturón de seguridad?
Dom — Entonces debía de ser un avión. Miraba el horizonte que se acercaba.
Max — ¿Que se acercaba…?
Dom — Ya sé, es una tontería, pero… Tenía miedo de que el avión se estrellara contra la línea del horizonte.
Max — Sí… Es completamente absurdo.
Ben — Quizá era un sueño.
Dom — Más bien una pesadilla, ¿no?
Ben — O a lo mejor es ahora cuando estamos soñando.
Max — Los sueños siempre tienen un sentido oculto.
Ben — Estrellarse en avión contra la línea del horizonte… ¿Qué puede significar eso?
Dom — No lo sé, era como si…
Max — Como si, empujado por nuestro pasado, nuestro presente fuera a estrellarse contra un futuro que ya no se alejaría a medida que nos acercamos.
Dom — Ya…
Silencio.
Ben — ¿Pero nosotros… estábamos allí?
Dom — No lo sé…
Ben — Un avión… No me acuerdo.
Max — Yo tampoco…
Silencio. Vuelven a mirar hacia el horizonte.
Ben — ¿Y si eso fuera la muerte?
Max — O los primeros momentos de la vida…
Dom — Tener conciencia de existir sin saber quién eres, en un mundo que no tiene ningún sentido.
Max — Habrá que creer que la existencia precede realmente a la esencia…
Dom — Y que incluso cuando ya no tenemos esencia, todavía tenemos existencia.
Ben — Sí… Me siento… como en un coche viejo, sin gasolina, en plena noche, en medio del desierto, mirando al horizonte con los faros para intentar distinguir a lo lejos a un tipo que llegaría con un bidón en cada mano.
Dom — Esperando a que la batería termine de descargarse y los faros se apaguen para siempre, antes de la llegada del Salvador.
Silencio.
Max — Pero nosotros…? Los tres, ¿nos conocemos o qué…?
Ben — No lo creo… ¿Sí?
Dom — Tengo una vaga sensación de déjà vu, pero…
Max — Tu cara no me suena de nada.
Ben — A mí tampoco.
Max — A decir verdad… ni siquiera mi propia cara me dice gran cosa…
Ben — ¿Pero cómo te llamas?
Max — No lo sé… No me llamo. ¿Para qué serviría? Siempre estoy aquí…
Dom — Bueno… Pero los demás, ¿cómo te llaman?
Max — ¿Los demás? ¿Qué demás? Solo os conozco a vosotros. Y aun así, no estoy seguro de conoceros. ¿Cómo os llaman a vosotros?
Ben — No lo sé… Nunca he oído a nadie llamarme.
Dom — Yo tampoco. O quizá no lo oí. En cualquier caso, nunca respondí…
Max — Vale. Entonces tampoco nos llamamos.
Ben — ¿Por qué nos íbamos a llamar, si ya estamos aquí?
Max — Y de todas formas, no podemos ir a ninguna parte.
Dom — Sobre todo yo…
Max — ¿Tú?
Dom — ¿No os habéis dado cuenta?
Max — No.
Dom — ¡Estoy atado!
Max — Vaya, es verdad… Está atado…
Ben — Ah, sí, yo… No me había dado cuenta.
Dom — ¿Y entonces…?
Max — ¿Entonces qué?
Dom — Ahora que ya nos hemos presentado… ¿Podríais desatarme? Si no os importa demasiado…
Max — Sí, sí, claro, vamos a… vamos a desatarte…
Max se dispone a desatarlo.
Ben — Espera, no tan deprisa…
Dom — ¿Qué pasa ahora?
Ben — ¿Por qué te ataron, para empezar?
Dom — ¿Por qué? ¿Qué sé yo…? Soy como vosotros, no me acuerdo de nada…
Ben — Ya, pero…
Dom — ¿Pero qué?
Ben — Es un poco fácil, ¿no?
Dom — ¿Fácil…?
Max — Si te ataron, será por alguna razón, ¿no?
Dom — ¿Una razón…? ¿Qué razón?
Ben — No lo sé… No se ata a la gente así, sin motivo.
Dom — ¡Vamos, desatadme!
Max — Puede que seas peligroso…
Dom — ¿Peligroso para quién?
Max — Para los demás…
Ben — Es decir, para nosotros…
Dom — Ya… O a lo mejor sois vosotros los peligrosos.
Ben — ¿Nosotros?
Dom — Puede que fuerais vosotros los que me atasteis.
Ben — ¿Y por qué íbamos a hacer eso?
Dom — Vete tú a saber… Me habéis secuestrado, para pedir un rescate… o algo peor.
Max — Sí, es una posibilidad…
Ben — Pero también es posible que tú seas un loco peligroso. O incluso un criminal reincidente.
Max — Por si acaso, mejor te dejamos atado por el momento…
Ben — Tienes razón, es más prudente.
Dom — ¿Es una broma?
Ben — Puede que algo nos venga a la cabeza, más tarde, y ya veremos.
Dom — ¿Algo? ¿Como qué?
Max — Un recuerdo, no sé…
Ben — Puede que algo o alguien acabe apareciendo en el horizonte…
Max — Aunque de momento, hay que reconocer que está bastante tranquilo por ese lado…
Ben — Sí… La calma antes de la tormenta, o bien…
Dom — La calma antes de la aún más calma.
Oscuridad.
Escena 2
Luz.
Max — ¡Hostia…! Yo también acabo de tener un flash…
Dom — Ya empezamos…
Ben — ¿Y entonces?
Max — Iba al volante de un coche…
Dom — ¿De un coche, estás seguro?
Max — No…
Ben — ¿Llevabas puesto el cinturón de seguridad?
Max — No… No lo creo…
Dom — Entonces no debía de ser un coche.
Ben — Quizá un avión…
Dom — ¿Al volante de un avión?
Max — He dicho “al volante”, pero… quizás estaba a los mandos… Sí, eso es, estaba a los mandos de un avión…
Dom — ¿Y entonces…?
Max — Todo iba bien, y de repente… en un momento dado, todas las luces del tablero se encendieron a la vez. El árbol de Navidad, como decimos en nuestro argot de piloto…
Ben — ¿El árbol de Navidad…?
Max — Cuando todos los pilotos de alarma empiezan a parpadear… y ya huele a muerto.
Dom — Odio la Navidad. Se supone que celebra un nacimiento, es decir, la vida. A mí me evoca la muerte, ¿a vosotros no?
Max — En las filosofías orientales, la vida y la muerte son un ciclo sin fin. Solo morimos para renacer, bajo otra forma, pero siempre aquí. Solo en el pensamiento occidental la muerte es una partida definitiva hacia un supuesto más allá. Y por tanto, un final absoluto para los que no creen en el paraíso…
Dom — Por eso la Navidad huele a muerte… Incluso el niño divino ya es un cadáver en potencia.
Ben — Bueno, estabas a los mandos de un avión… ¿Y después?
Max — Nada… No me acuerdo de nada más…
Ben — Si eras tú el piloto, puede que por tu culpa nos estrelláramos…
Dom — ¿Porque vosotros también estabais en ese avión?
Ben — No me acuerdo. Al menos, no por ahora…
Max — ¿Creéis que podríamos habernos estrellado?
Ben — Explicaría muchas cosas…
Dom — ¿Tú crees…?
Max — Explicaría el hecho de que estemos muertos.
Ben — ¿Creéis que estamos muertos?
Max — Mientras nos preguntemos si estamos muertos, significa que todavía no lo estamos, ¿no?
Silencio.
Ben — ¿No oís un ruido…?
Dom — ¿Un ruido?
Ben — Como el sonido de una fuente.
Max — Eso es. Como el sonido calmante del agua de una fuente en el campo.
Ben — O el sonido del oxígeno en un hospital, cuando pasa bajo presión por el sistema de humidificación antes de inhalarse.
Max — Sí… También…
Ben — Es verdad que suena un poco igual.
Dom — Entonces estaríamos en el hospital… ¿no?
Max — ¿En coma…?
Dom — O con Alzheimer, en fase terminal…
Ben — Sí, es una posibilidad bastante seria…
Max — Puede que te ataran para protegerte de ti mismo.
Dom — ¿De mí mismo?
Ben — Para que no te cayeras, o bien…
Max — Para que no intentaras escapar…
Ben — O para impedirte que atentases contra tu vida.
Max — Motivo de más para no desatarlo…
Dom — Gracias… Muy amable por preocuparos por mi seguridad.
Ben — Sí, pero nosotros…? ¿Por qué no estamos atados también?
Max — Quizá no estamos tan mal como él.
Dom — ¿Entonces compartiríamos la misma habitación?
Ben — Tres en una habitación de hospital es mucho, ¿no?
Dom — No debíamos de tener un buen seguro médico…
Silencio.
Ben — Quizá solo hemos venido a visitarle al hospital.
Max — Sí… A acompañarle en sus últimos momentos.
Ben — A despedirnos de él antes de que embarque en su último viaje hacia el más allá.
Dom (irónico) — Gracias, me conmueve mucho…
Ben — Pero entonces, ¿por qué no recordamos nada nosotros tampoco?
Dom — Todo esto no tiene ni pies ni cabeza.
Max — No… Ni siquiera nosotros logramos mantenernos en pie.
Silencio.
Ben — Oxígeno…
Max — En los aviones también cae una mascarilla de oxígeno del techo cuando hay un problema.
Ben — Sí, eso dicen las azafatas, al menos. Pero nadie ha visto nunca caer una mascarilla de oxígeno del techo de un avión.
Max — O si alguien lo ha visto, ya no está aquí para contarlo…
Dom — ¿Un problema…? ¿Un riesgo de accidente, quieres decir…?
Ben — Eso no explica por qué nosotros no llevábamos puesto el cinturón de seguridad…
Max (a Dom) — ¿Y tú estás realmente seguro de que era un cinturón de seguridad…?
Dom — ¿Qué otra cosa podría ser…?
Max — No sé… ¿Un cinturón de explosivos…?
Dom — ¿Un cinturón de explosivos…?
Ben — Eso explicaría el accidente del avión.
Max — Y si fueras un terrorista peligroso, eso explicaría que te hayan atado.
Dom — ¿Antes o después de que me hiciera explotar…?
Ben — ¿Y por qué hacerse explotar en un avión, por cierto?
Max — Vete tú a saber…
Dom — Para protestar contra el balance de carbono catastrófico del transporte aéreo, quizá…
Los otros dos le lanzan una mirada horrorizada.
Dom — Era una broma…
Silencio.
Max — Has dicho antes que tenías miedo de que fuéramos a estrellarnos contra la línea del horizonte.
Dom — Sí… Era una metáfora, supongo…
Max — ¿Y si no fuera una metáfora?
Ben — ¿Qué quieres decir con eso?
Max — Tal vez le ataron… para que no desapareciera en el horizonte de sucesos.
Dom — ¿El horizonte de sucesos…?
Max — Es un concepto astrofísico bastante fascinante. El horizonte de sucesos es el borde de un agujero negro. La frontera a partir de la cual el agujero negro, si uno se acerca demasiado, lo absorbe todo. La materia de una estrella entera, por ejemplo, pero también su luz.
Dom — ¿Y adónde va esa materia?
Max — No se sabe… Lo único seguro es que cuando uno entra en un agujero de memoria…
Ben — Querrás decir en un agujero negro, imagino…
Max — ¿Eso no he dicho?
Dom — Has dicho un agujero de memoria.
Max — ¿Ah, sí…? No me acuerdo…
Ben — Bueno… ¿Y entonces?
Max — Lo que es seguro es que todo lo que entra en un agujero negro nunca vuelve a salir.
Ben — Al menos de este lado del horizonte de sucesos.
Max — Sí…
Ben — Quizá se salga por el otro lado.
Max — Quizá… Si es que hay otro lado.
Ben — Tiene que haberlo, ¿no? Si nada se pierde y nada se crea, tiene que haber algo al otro extremo del túnel.
Dom — En resumen, un agujero negro es un poco como la muerte.
Ben — Es verdad que a menudo la describen como un túnel.
Dom — Uno se pregunta por qué, ya que en realidad nadie ha vuelto jamás de ese supuesto túnel para describirnos la entrada… y mucho menos la salida.
Ben — Otra forma de hablar…
Max — Sí… No sabemos adónde lleva ese túnel, ni siquiera si existe, pero lo que sí sabemos es que nunca se sale por el mismo lado por el que se entra.
Ben — Puede que te ataran para evitar que fueras absorbido por ese túnel.
Max — O por ese agujero negro, si lo prefieres.
Dom — ¿Qué…?
Ben — Dijiste que estabas en un avión, sujeto a tu asiento con un cinturón de seguridad…
Max — Para no ser absorbido por el vacío en caso de despresurización del aparato, quizá.
Dom — En ese caso, será mejor que me desatéis. Porque, sinceramente… esto no es vida, ¿no?
Ben — Es mejor que nada.
Dom — ¿Tú crees? Repetimos sin parar las mismas frases sin sentido.
Ben — Casi lo hemos olvidado todo, salvo el hecho de que hay cosas que deberíamos recordar.
Dom — Prefiero ser absorbido por el vacío de una vez por todas. Y si al otro extremo del túnel todo vuelve a empezar igual, al menos no recordaré nada, y volveré a sentir el placer del asombro.
Ben — Fíjate, no le falta razón… En el mejor de los casos estamos entre la vida y la muerte. No se puede permanecer en ese estado. Mejor acabar de una vez, esperando que después de la muerte nos espere otra vida. ¿Qué riesgo hay?
Max — Que la vida que nos espera sea aún peor que la que estamos a punto de dejar…
Ben — Vamos a desatarlo.
Lo desatan.
Dom — Gracias.
Ben — ¿Y ahora?
Dom — ¿Qué?
Ben — No ha pasado absolutamente nada.
Max — No. El vacío no te ha absorbido. Ni a nosotros tampoco.
Ben — La muerte no nos ha llevado.
Dom — Y seguimos aquí.
Ben — O quizá ya estemos muertos los tres. Y ya hayamos pasado al otro lado…
Max — Por desgracia, también es una posibilidad bastante seria…
Ben — Me parece recordar algo, yo también…
Dom — ¿Ah, sí…?
Max — No dirás eso solo para darnos ánimos, ¿verdad…?
Ben — Espera… No… Se me ha ido de la cabeza…
Silencio.
Dom — No se ve venir nada en el horizonte.
Ben — No. Nadie con un bidón ni siquiera con una pequeña garrafa de gasolina.
Dom — ¿Y para qué la querríamos?
Ben — Si ni siquiera tenemos coche.
Max — Si esto es el horizonte de sucesos, ya no vendrá nunca nada de este lado.
Dom — En ese caso, nos vamos a aburrir un buen rato…
Los otros dos le miran con aire ofendido.
Dom — No, porque vamos, no es por nada, pero graciosos no sois, desde luego.
Ben — Es verdad que nos falta un poco de perspectiva, ¿no?
Dom — Sí, se puede decir que nuestro horizonte está completamente bloqueado.
Max — Dicen que, a medida que uno se acerca a un agujero negro, el tiempo se ralentiza.
Dom — Entonces ya debemos de haber caído dentro, porque tengo la impresión de que el tiempo se ha detenido…
Silencio.
Max — ¿Sabíais que, a partir de cierto límite, el universo se aleja de nosotros a tal velocidad que su luz nunca podrá alcanzarnos?
Dom — Ya empezamos…
Ben — ¿Entonces la mayor parte de nuestro universo nos será para siempre inaccesible y desconocida?
Dom — ¿Eres astrofísico?
Max — No lo creo. Debí de leerlo en algún sitio.
Ben — Tienes unas lecturas un poco raras…
Max — En este caso, ese horizonte nunca podremos cruzarlo.
Ben — Y los que pudieran estar al otro lado nunca podrán vernos tampoco.
Dom — En resumen, es la versión científica del más allá, vamos.
Max — Sí…
Ben — Pero nada dice tampoco que vayamos allí cuando muramos.
Dom — Quién sabe…
Max — ¿Sabíais que una misma partícula puede encontrarse a la vez en dos lugares diferentes, según quién la observe primero?
Ben — Un poco como la verdad, ¿no…?
Dom — ¿Perdón?
Max — No recuerdo quién dijo “Verdad al norte de los Pirineos, mentira al sur”.
Dom — Lo peor de las citas es cuando ni siquiera recuerdas a quién estás citando.
Ben — La realidad es la misma para todos, pero según quién la observe, puede aparecer aquí como una verdad y en otro sitio como una ilusión.
Dom — Estáis empezando a darme dolor de cabeza.
Silencio.
Max — ¿Por qué recuerdo lo que es el horizonte de sucesos y no recuerdo mi propio nombre?
Ben — Quizá, al acercarse la muerte, solo recordamos las cosas importantes.
Dom — ¿Y tú crees que nuestro nombre no es importante?
Max — Nuestro nombre… es como un número que nos asignan al nacer. Un número de la seguridad social, o bien…
Ben — El número de una habitación de hotel.
Max — El número de la habitación sirve sobre todo para que te traigan el desayuno por la mañana.
Ben — Es el desayuno el que te obliga a recordar el número de la habitación.
Dom — Y es ese número el que te ayuda a encontrar la habitación por la noche para dormir.
Max — Cuando uno se va para siempre, entrega la llave en recepción y olvida su número…
Dom — Para mezclarse con la multitud del transporte público.
Ben — Mientras busca otra habitación en otro hotel.
Dom — O una nueva casa en otro barrio.
Ben — En otro planeta…
Max — Con un nuevo número.
Ben — Y unos vecinos que nos recuerden quiénes somos y cómo nos llamamos.
Max — Es verdad, desde nuestro nacimiento, son sobre todo los demás quienes deciden nuestra identidad. Nuestro estado civil.
Ben — Un poco como las partículas de las que hablabas antes. Son los que nos miran quienes definen nuestra forma de existir.
Dom — Los padres, sobre todo. La familia.
Ben — Son ellos quienes deciden quiénes somos.
Dom — Cómo nos llamamos.
Ben — Dónde vivimos.
Dom — Qué idioma vamos a hablar.
Max — Qué religión vamos a practicar.
Ben — Para saber quiénes somos, basta con preguntar a los demás.
Dom — A los que nos conocen, por lo menos.
Max — Y aunque hayamos olvidado quiénes somos y cómo nos llamamos, siempre hay alguien que no lo ha olvidado y puede decírnoslo.
Ben — Incluso cuando hemos perdido la memoria.
Max — Incluso cuando estamos en coma.
Ben — Incluso cuando ya estamos muertos.
Dom — Hasta el día en que todos los que nos conocieron hayan muerto también.
Max — Sí. En gran parte no somos más que lo que los demás deciden que somos.
Ben — Y apenas sabemos más sobre nosotros mismos de lo que los demás saben de nosotros.
Max — A veces incluso menos.
Ben — “Llega a ser quien eres”, ya ves tú… “Llega a ser quien los demás esperan que seas”, más bien.
Dom — Un buen feligrés.
Ben — Un buen ciudadano.
Max — Un buen soldadito.
Ben — ¿Quién dijo “Yo es otro”?
Dom — No me acuerdo. Pero habría hecho mejor en callarse.
Ben — En cualquier caso, nacemos, morimos…
Max — Y después de nuestra muerte… nos disolvemos de nuevo en la multitud.
Dom — Al irnos, no nos llevamos nada, y sobre todo no el recuerdo de haber sido.
Max — Y al volver a la vida, volvemos a presentarnos en recepción para que nos asignen otro número…
Ben — Otro yo…
Oscuridad.
Escena 3
Luz.
Max — ¿Qué hora será…?
Ben — Ni idea…
Dom — ¿Y qué más da? ¿Tienes un tren que coger?
Ben — Un avión, quizá…
Max — Tienes razón. Si estamos muertos, ya no necesitamos reloj…
Dom — En cualquier caso, no conozco a nadie que haya pedido que lo entierren con su reloj.
Silencio.
Ben — Esta vez sí me acuerdo…
Dom — ¿De qué?
Ben — ¡De mi número de habitación!
Dom — Joder…
Ben — Era la 2108.
Dom — ¿Ah, sí…?
Ben — Me veo llegando al buffet del hotel del aeropuerto para desayunar y diciendo con orgullo al cancerbero de la entrada: habitación 2108.
Dom — ¿Con orgullo?
Ben — Me acuerdo porque nací un 21 de agosto. Así que 2108.
Max — Ah, ya…
Dom — Entonces te acuerdas de tu fecha de nacimiento.
Ben — No, pero me acuerdo de que mi número de habitación era mi fecha de nacimiento. 2108…
Max — ¿De qué año?
Ben — Pues… la habitación solo tenía cuatro cifras.
Dom — Eso no nos dice si estabas en ese avión con nosotros.
Ben — Me parece que sí, sin embargo.
Dom — Espero que no digas eso solo para animarnos…
Ben — Porque si ese avión realmente se estrelló…
Max — ¿Qué te hace pensar que estabas en ese avión?
Ben — Me acuerdo de mi número de asiento.
Dom — Ah, ya veo que tienes buena memoria para los números…
Ben — Me acuerdo porque era el número 666.
Max — Pensaba que las compañías aéreas nunca asignaban el número 666 a ningún asiento.
Ben — Por lo visto, no es una regla absoluta. De hecho, le pedí a la azafata que me cambiara de sitio.
Dom — En cualquier caso, cambiar de asiento en un avión para conjurar la mala suerte es un poco como cambiar de tumbona en el Titanic para evitar el naufragio…
Max — En cualquier caso, ese asiento número 666 no te trajo mucha suerte.
Dom — Se podría decir que nos has gafado a todos…
Silencio.
Ben — Ya no oigo el oxígeno…
Max — Quizá ya no quede suficiente oxígeno para todos.
Ben — ¿En la Tierra, quieres decir?
Max — O en este hospital…
Dom — Tal vez estemos mejor y ya no lo necesitemos.
Max — O tal vez estemos muertos y ya no lo necesitemos.
Silencio.
Ben — Hablaste del Himalaya antes…
Max — ¿Ah, sí…?
Ben — Hablando de la distancia que nos separa del horizonte.
Dom — ¿Y qué?
Ben — No sé… También tengo esa imagen que me vuelve. Los tres, encordados, en el techo del mundo.
Dom — ¿El techo del mundo…?
Max — Es como llaman al Himalaya, creo.
Ben — ¿No os suena de nada?
Dom — No… absolutamente nada.
Ben — A 8000 metros de altitud, el oxígeno escasea.
Max — Y puede incluso provocar alucinaciones…
Dom — Así que ahora estaríamos en la cima del Himalaya…
Max — Eso también explicaría la cuerda…
Ben — ¿La cuerda…?
Max — Si estábamos encordados con él…
Ben — Ya veo… Puede que se cayera, y que cortáramos la cuerda que nos unía a él para no ser arrastrados también al abismo…
Dom — Gracias… sois unos compañeros estupendos…
Max — ¿Entonces sería el único de los tres que está realmente muerto…?
Ben — A menos que al final nos arrastrara con él en su caída…
Silencio.
Ben — ¿Cómo se sabe que uno está muerto?
Dom — No se sabe.
Max — Estar muerto es como ser tonto. No se sabe. Es a los demás a quienes les resulta difícil.
Dom — Me suena haber oído ya esa frase de mierda.
Ben — Sí, a mí también…
Dom — Ese es nuestro destino. Repetir hasta el infinito las mismas tonterías que nuestros contemporáneos.
Ben — O las que ya repetían nuestros antepasados antes que nosotros.
Max — Cada uno de nosotros tiene la ilusión de ser un individuo único, pero ¿cuál es realmente nuestra parte de individualidad?
Ben — Criticamos la inteligencia artificial, pero ni siquiera nuestra estupidez natural nos pertenece de verdad. La heredamos de todos los idiotas que nos precedieron y de todos los que nos rodean.
Silencio.
Ben — Entonces, si estamos muertos, pronto nos asignarán un nuevo número de habitación.
Dom — ¿De habitación mortuoria, quieres decir?
Ben — Pensaba más bien en… una nueva identidad. Una nueva existencia…
Dom — Una página en blanco para escribir una nueva historia.
Max — La conciencia sin los recuerdos.
Ben — Un ordenador cuántico al que se le habrían borrado todos los datos, para reacondicionarlo antes de revendérselo a alguien más.
Max — Ya lo veremos.
Dom — Sí, pero ¿cuándo?
Ben — Cuando lo hayamos olvidado todo, imagino. Cuando estemos completamente muertos.
Dom — Completamente muertos… Estamos muertos o estamos vivos, ¿no?
Max — Podemos estarlo alternativamente. Como el gato de Schrödinger.
Ben — ¿Te refieres a esos gatos que tendrían siete vidas?
Max — Hablo de ese misterio científico y filosófico que se esconde en el corazón de la física cuántica: mientras no se haya abierto la caja donde está el gato, puede estar tanto muerto como vivo.
Dom — No he entendido nada… salvo que tú también empiezas a repetirte…
Ben — Es lo que decías antes. Son los otros quienes definen nuestra identidad. No somos más que las partículas elementales de una conciencia colectiva.
Max — ¿Y si un día ya no hay otros…?
Dom — ¿Ya no hay otros…?
Ben — Cuando el sol haya absorbido la Tierra, dentro de cinco mil millones de años, y la Humanidad haya desaparecido.
Dom — O incluso antes… Cuando el Hombre haya conseguido hacer inhabitable el único planeta en el que puede vivir.
Ben — Entonces no será la muerte de un hombre ni de mil millones de hombres, será la muerte de la Humanidad. La muerte de la conciencia colectiva.
Max — Y si, como creen algunos imbéciles, somos los únicos seres inteligentes del universo, sería la muerte de la conciencia, sin más.
Dom — ¿Cómo imaginar que esa conciencia no volvería a nacer en algún lugar, bajo otra forma?
Silencio.
Ben — Ya me acuerdo, ahora… No era un avión, era una nave espacial.
Max — Yo era el capitán.
Ben — Y yo, tu segundo.
Dom — Solo éramos tres a bordo.
Ben — Los tres últimos supervivientes de una Humanidad moribunda.
Max — Habíamos puesto rumbo a un planeta potencialmente habitable…
Dom — Que resultó ser un agujero negro.
Ben — Un error de cálculo del ordenador de a bordo, sin duda.
Max — A menos que lo hiciera a propósito.
Dom — ¿A propósito…?
Max — Una inteligencia artificial que quisiera librarse de una vez por todas de lo que aún quedaba de Humanidad.
Ben — En cualquier caso, al despertarnos de nuestra larga hibernación, ya era demasiado tarde para escapar de la atracción de ese agujero negro supermasivo.
Max — Así que estaríamos a punto de ser absorbidos por ese agujero negro…
Silencio.
Dom — Aun así, queda un misterio…
Ben — ¿Cuál?
Dom — ¿Por qué tenías el asiento número 666 si solo éramos tres a bordo…?
Max — Tienes razón… el misterio se espesa…
Dom — ¿Estábamos en una habitación de hospital a punto de morir, en las laderas del Himalaya a punto de caer en un abismo…
Ben — En una balsa a punto de hundirnos… tras haber intentado la travesía hacia un mundo mejor.
Max — En un avión a punto de estrellarse, o en una nave espacial a punto de ser absorbida por un agujero negro?
Ben — ¿Es una cosa o la otra?
Dom — O todo a la vez.
Max — Todo se mezcla en nuestras cabezas.
Dom — Como las aguas residuales de un lavabo, en el remolino que las arrastra hacia las alcantarillas antes del gran reciclaje.
Ben — Nuestros pasados.
Dom — Nuestros presentes.
Max — Nuestros futuros.
Ben — Ya no lo sabemos.
Dom — No lo sabemos.
Max — Aún no lo sabemos.
Oscuridad.
Escena 4
Luz.
Dom — Diría que el horizonte se ha acercado aún más…
Ben — Cuando nos alcance, pasaremos al otro lado.
Dom — Si es que realmente hay otro lado…
Ben — Es una forma de hablar…
Max — Sí… Esas formas de hablar que nos sirven de pensamiento prefabricado.
Dom — El lenguaje es una ventana abierta al mundo. Pero también es una reja que nos encierra en la única realidad que nuestros sentidos pueden percibir, que nuestra mente puede concebir y que nuestro lenguaje puede describir.
Ben — Entonces habría que inventar un nuevo idioma… ¿no?
Dom — O callarse, que es aún más sencillo. ¿De dónde viene esa necesidad de hablar para no decir nada?
Ben — Los animales se limitan a las necesidades básicas. Tengo hambre. Tengo ganas de follar.
Dom — ¿De qué sirve saber algo si al final nunca lo sabremos todo?
Max — Pero una vez que empezamos a hablar, ¿podemos dejar de hacerlo?
Ben — Mientras hablamos, significa que aún no estamos muertos.
Max — Entonces sigamos hablando…
Ben — Hasta el día en que nuestras palabras ya no tengan ningún sentido.
Dom — Hasta el día en que todo lo que podamos decir no sea más que una cita de lo que otros ya dijeron antes que nosotros.
Max — Y todo lo que podamos hacer no sea más que una conmemoración de lo que otros ya hicieron antes que nosotros.
Ben — Me temo que ese día ya ha llegado.
Dom — Pues yo no diré nada más. Y tampoco os escucharé. Ahora que ya no estoy atado, voy a caminar hacia ese horizonte, sea cual sea…
Ben — ¿Entonces no volveremos a vernos? Qué pena, empezaba a encariñarme contigo…
Dom — ¿De verdad?
Ben — No. Creo que era otra forma de hablar.
Max — Quizá nos volvamos a ver, al otro lado. Pero lo habremos olvidado todo.
Ben — Y no nos reconoceremos.
Dom — Todos los lazos que nos unían a los demás se habrán desatado.
Max — Tendremos que volver a tejer otros. Para intentar existir de nuevo. En otra Humanidad.
Ben — En el mejor de los casos, si algún día volvemos a encontrarnos, sentiremos una extraña sensación de déjà vu…
Dom — Entonces no os diré adiós…
Dom se dispone a avanzar hacia el frente del escenario.
Ben — ¡Espera! Me voy contigo…
Dom no parece muy encantado.
Dom — ¿Estás seguro…?
Max — Yo también… No voy a quedarme aquí solo… como un imbécil.
Los tres toman las cuerdas que antes ataban a Dom y se las colocan, atándose unos a otros como alpinistas de una misma cordada.
Dom — Entonces ya está todo dicho.
Ben — Es el fin de la Historia.
Max — De esta, al menos…
Dom — Caminemos juntos hacia ese horizonte radiante.
Ben — Encordados… y de la mano. Para este gran salto en lo desconocido.
Dom — Esperando que ese horizonte desemboque en un mundo nuevo.
Ben — Un mundo mejor.
Max — A menos que sea el mismo de antes.
Ben — Que nuestro universo no sea, al fin y al cabo, más que un viejo calcetín que se le da la vuelta eternamente.
Max — En cada vuelta, el interior se convierte en el exterior. Pero sigue siendo el mismo calcetín.
Dom — Al menos lo habremos olvidado todo.
Ben — Y podremos volver a maravillarnos de estar vivos.
Avanzan hacia el público mirando a lo lejos, como si se dispusieran a saltar hacia la sala. Pero Dom se detiene, y los otros con él.
Dom — Os vais a reír, pero esta vez me parece que realmente veo venir algo en el horizonte.
Ben — Sí, yo también.
Dom — O más bien a alguien…
Max — ¿Un viejo barbudo con un manojo de llaves?
Dom — Un barbudo, sí. Con un bidón de gasolina en cada mano…
Los tres miran fijamente hacia el horizonte.
Ben — ¿Así que era eso, al final? No era una metáfora…
Max — Nos quedamos tirados en medio de ninguna parte, y uno de nosotros fue a buscar gasolina…
Ben — Me parecía que al principio éramos cuatro.
Max — Es cierto que en el desierto se ven espejismos…
Ben — Y las insolaciones también pueden hacer delirar…
Dom — ¿Entonces no sería más que otra alucinación…?
Max — En cualquier caso, parece que aún quedan algunos acontecimientos en el horizonte…
Ben — ¿Entonces qué hacemos?
Max — Nos queda la existencia.
Dom — Veamos qué pasa con un poco de gasolina.
La luz empieza a apagarse lentamente.
Ben — Ah, creo que la batería también se ha agotado…
Max — Sí… Los faros se están apagando.
Dom — Lástima, nunca veremos llegar a nuestro Salvador.
Max — Aun así, mantengamos la esperanza.
Ben — Tienes razón… Solo la fe salva…
Dom — Otra frase hecha…
Ben — Sí…
Música apropiada (eventualmente música sacra) durante el fundido a negro.
Oscuridad.
Fin
Derechos
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